Asociación de Amigos de los Espacios Históricos de Abánades

Asociación de Amigos de los Espacios Históricos de Abánades - Museo Histórico, C/ Puente de las Eras, Nº 5, 19432 Abánades (Guadalajara) España.

domingo, 19 de julio de 2026

La huella que perdura

Marmita con grafiti

El Museo Histórico Municipal de Abánades no nació de un proyecto institucional ni de una brillante ocurrencia administrativa. Nació de algo mucho más raro y valioso: la obstinación de un pueblo por no dejar que su pasado acabara convertido en polvo. Porque aquí la historia nunca llegó encuadernada entre tapas de cuero. Llegó oxidada. Enterrada. Con olor a pólvora vieja y a tierra removida. Llegó en forma de restos.


La guerra había dejado cicatrices demasiado profundas para desaparecer con el paso de los años. Alteró el paisaje, marcó a varias generaciones y, durante mucho tiempo, alimentó a quienes sobrevivieron a ella. En Abánades se vivió de la chatarra del frente. Los hierros retorcidos, la metralla, las piezas de artillería abandonadas entre barrancos y lomas, junto con la agricultura y el pastoreo, sostuvieron una economía humilde pero suficiente hasta bien entrada la década de 1960. Era una forma áspera de ganarse la vida, propia de un país acostumbrado a aprovecharlo todo, incluso las ruinas de sus tragedias.


Pero antes de levantar un museo hubo que vencer otra resistencia: la del silencio. Los mayores desconfiaban de remover ciertos recuerdos. Sabían demasiado bien que la memoria puede abrir heridas que nunca llegaron a cerrarse del todo. Solo cuando dieron su aprobación, el Ayuntamiento lanzó un bando invitando a los vecinos a entregar aquellos objetos que llevaban décadas acumulando polvo en casas, pajares, almacenes y desvanes.


Museo Histórico Municipal de Abánades

Y entonces ocurrió algo revelador.


Empezaron a aparecer herramientas, aperos y utensilios de la vida cotidiana, sí. Pero también comenzaron a salir cascos, proyectiles, cantimploras, munición, fragmentos de armamento y toda clase de objetos que la guerra había dejado desperdigados por el término municipal. Eran tantos, y hablaban con una voz tan poderosa, que acabaron desplazando a buena parte del patrimonio puramente etnográfico. El museo encontró su verdadera identidad sin necesidad de buscarla.


Aún hoy basta levantar la vista hacia el frontón para comprender que, en Abánades, la guerra nunca llegó a marcharse del todo. Allí siguen expuestas varias granadas de artillería y una bomba de aviación como si fueran centinelas silenciosos de otro tiempo. Aquí el conflicto dejó de pertenecer únicamente a los libros de Historia para instalarse en los patios, en las cuadras, en las herramientas del campo y en la memoria de quienes crecieron conviviendo con él.


Fue durante aquella recogida de materiales cuando apareció una figura imposible de olvidar: Paulino Layna.


No llamaba la atención por la cantidad de piezas que conservaba, aunque era considerable, sino por la forma en que las entregaba. Abría las puertas de su casa, de su almacén, de su nave, y uno tenía la sensación de entrar en un lugar donde el tiempo había decidido detenerse. Entre herramientas, aperos y materiales de toda clase iba apareciendo, casi sin darse importancia, un pequeño universo construido a base de recuerdos. Paulino no enseñaba objetos. Narraba vidas.


Posición artillera en el Alto del Molino

Era un hombre reservado hasta el extremo, poco amigo de conversaciones inútiles y todavía menos de exhibirse. Pero detrás de aquella apariencia seca se escondían una inteligencia extraordinariamente práctica y una curiosidad inagotable. Lo que empezó siendo una colaboración terminó convirtiéndose en largas conversaciones sobre la utilidad del museo, sobre el sentido de conservar determinadas piezas y sobre la responsabilidad de explicar la historia con honestidad. Sin buscarlo, nació una amistad.


Compartimos muchas horas entre las vitrinas, pero también muchas más lejos de ellas. Caminamos por los montes siguiendo antiguas líneas de trincheras, aprendiendo a leer un terreno que todavía guardaba señales invisibles para la mayoría. Con Paulino aprendí a orientarme, a distinguir una trufa bajo la tierra, a reconocer las setas y, sobre todo, a comprender una manera de entender el campo que ya empezaba a extinguirse. Para algunos era un hombre huraño. Para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo, era un trabajador incansable, un hombre íntegro y un padre profundamente comprometido con los suyos. Su ausencia dejó un silencio difícil de llenar.


Entre las muchas piezas que donó había una que apenas llamaba la atención. Era una sencilla marmita de aluminio que él había utilizado durante años para mezclar yeso. Un objeto humilde, rescatado de esa economía del aprovechamiento que convirtió los restos de la guerra en herramientas domésticas. Nada parecía distinguirla de otras muchas... hasta que uno se detenía a observarla con calma.


Detalle de la marmita con el nombre del propietario

Detalle de la marmita con el apellido del propietario

La marmita y la escudilla constituían parte inseparable del equipo del soldado. Cada combatiente llevaba las suyas colgadas del cinturón o de las trinchas. Fabricadas en aluminio, ligeras y resistentes, acompañaban al hombre en cada marcha, en cada alto, en cada rancho servido junto al barro de una trinchera. En las fotografías de la Guerra Civil aparecen balanceándose al ritmo del paso, tan imprescindibles como el fusil, la manta o la cartuchera.


Aquella marmita escondía un detalle que la convertía en algo más que un simple recipiente.


Su propietario había grabado cuidadosamente su nombre.


Armando Stellani.


Solo dos palabras. Pero bastaban para devolver identidad a quien el tiempo había reducido a un objeto anónimo.


La presencia italiana en Abánades fue breve, apenas el tiempo suficiente para quedar atrapada en el comienzo de la Batalla de Guadalajara. Aquellas tropas ocuparon las alturas que dominaban el pueblo e instalaron su campamento junto a la presa antes de que la ofensiva terminara en un fracaso que las obligaría a retirarse. Durante aquellos días convivieron con los soldados españoles, cuya precariedad resultaba evidente frente al mejor equipamiento de sus aliados italianos, tal y como recordaría años después Primitiva Díaz Peco y como también dejó escrito Ricardo Fernández de la Reguera.

Prisioneros italianos. Biblioteca Nacional de España

Quizá Armando Stellani nunca imaginó que aquella marmita sobreviviría a la guerra. Mucho menos que acabaría mezclando yeso en las manos de un albañil de Abánades o que, décadas después, terminaría descansando en una vitrina. Pero la historia tiene esas ironías. Los hombres desaparecen. Los objetos permanecen. Y, a veces, basta un nombre grabado sobre un trozo de aluminio para recordar que detrás de todas las guerras hubo personas de carne y hueso que un día comieron en silencio, caminaron con miedo y soñaron con volver a casa.


Entre unos y otros acabó imponiéndose esa clase de convivencia que solo conocen las guerras: una mezcla de necesidad, conveniencia y resignación. Los italianos llegaban mejor alimentados, mejor vestidos y mejor abastecidos que sus aliados españoles. Pronto comenzaron los intercambios con los vecinos del pueblo. Un objeto cualquiera, unas botas, una prenda de uniforme o una herramienta podían cambiar de dueño por muy poco. La supervivencia siempre entiende mejor el lenguaje del trueque que el de las banderas.


Ricardo Fernández de la Reguera dejó escrito que aquellos intercambios terminaron transformando incluso el aspecto de las tropas españolas. Los soldados acabaron vistiendo un uniforme imposible, hecho de prendas nacionales e italianas, remendos, improvisaciones y necesidades. La guerra también se reflejaba en la ropa de quienes la combatían.


Interior de la marmita de Armando Stellani

No cuesta imaginar que, en aquel ir y venir de hombres y mercancías, una sencilla marmita cambiara de manos. La arqueología ha venido a confirmar lo que la lógica ya sugería. En posiciones ocupadas por tropas españolas han aparecido cascos italianos, gafas de motorista, bengalas y otros equipos procedentes del Corpo Truppe Volontarie. Los objetos seguían caminos que muchas veces escapaban al destino de quienes los habían llevado consigo. Porque las guerras no solo destruyen. También mezclan, transforman y reciclan cuanto encuentran a su paso.


Hubo, sin embargo, episodios que nunca encontraron una explicación definitiva.


Los vecinos aún recuerdan la muerte de una joven del pueblo, transmitida en los testimonios de Jacinta Díaz, Juana Romo, Francisca Romo y Josefa Renales. La versión oficial habló de un disparo accidental mientras un legionario manipulaba su arma. Pero el tiempo hace extrañas maniobras con la memoria. Lo que empezó siendo una explicación acabó convertido en duda, y la duda terminó alimentando la leyenda. Como tantas veces ocurre, nadie puede asegurar ya dónde termina la verdad y dónde comienza el recuerdo.


Durante décadas, el nombre grabado sobre aquella marmita permaneció mudo.


Armando Stellani.


Dos palabras sin rostro. Una identidad perdida entre millones de historias que la guerra sepultó bajo el olvido.

Soldado italiano muerto junto a su marmita. Biblioteca Nacional de España


Hasta que la paciencia del investigador Alfonso López Beltrán consiguió devolver vida a aquel nombre.

Stellani había nacido en 1914 y llegó a España integrado en el Corpo Truppe Volontarie enviado por Mussolini para sostener al ejército sublevado. Sobrevivió a la Guerra Civil y también a la Segunda Guerra Mundial, una fortuna que no estuvo al alcance de muchos de sus compañeros. Regresó a Palestrina, donde trabajó en el café familiar, pero nunca abandonó la vocación artística que parecía acompañarle desde joven. Pintó, esculpió y expuso su obra con la discreción de quienes crean por necesidad más que por reconocimiento. Ya anciano, se impuso una disciplina casi monástica: realizar un dibujo cada día mientras la mano respondiera a su voluntad.


Quizá por eso grabó su nombre en aquella marmita con tanto cuidado.


Tal vez fue un gesto puramente práctico. O quizá, sin saberlo, obedecía a ese impulso tan humano de dejar constancia de que uno ha existido. Lo cierto es que aquel sencillo grabado terminó sobreviviendo a guerras, viajes, décadas de trabajo como recipiente para mezclar yeso y al propio hombre que lo había realizado. Probablemente esa inscripción sea hoy la huella más duradera que Armando Stellani dejó en un rincón de España al que jamás volvió.


Caricatura de Armando Stellani realizada en 1940 por el escultor Giuseppe Pirrone

Con el paso de los años, la marmita dejó de ser una pieza curiosa dentro del museo para convertirse en algo mucho más valioso. Su historia condensaba, como pocas, todas las capas del conflicto: la guerra, la supervivencia, el aprovechamiento, el olvido y la memoria. Investigadores y especialistas comenzaron a interesarse por ella hasta el punto de incorporarla al primer museo virtual dedicado a la Guerra Civil Española, un proyecto internacional en el que participa el historiador Joan Maria Thomàs.


No es un objeto espectacular.


No deslumbra por su tamaño ni por su rareza.


Y, sin embargo, pocas piezas explican mejor lo que fue aquella guerra.


Porque una marmita habla del hambre antes que de la batalla; del hombre antes que del soldado; de la vida cotidiana antes que de las grandes ofensivas. Nos recuerda que los conflictos no solo se escriben con generales y mapas, sino también con los pequeños utensilios que acompañaron a quienes soportaron el barro, el frío y el miedo.


Cuando comenzó esta historia, el museo apenas era una idea sostenida por la voluntad de unos cuantos vecinos empeñados en rescatar del olvido aquello que el tiempo parecía empeñado en borrar. Hoy es una realidad consolidada, gestionada por el Ayuntamiento de Abánades y por la Asociación de Amigos de la Batalla Olvidada.


Imagen del Museo Virtual de la Guerra Civil Española, ubicado en Canadá

Al frente de esa labor se encuentra Jaume Fibla Martínez. Con paciencia, rigor y una dedicación silenciosa —la única que suele dar frutos duraderos— ha conseguido no solo conservar el patrimonio reunido durante todos estos años, sino ampliarlo, investigarlo y dignificarlo. Su trabajo demuestra que la memoria también necesita guardianes.


Porque, al final, eso es este museo.


No una colección de objetos antiguos.


Ni un almacén de reliquias militares.


Es el lugar donde las cosas dejan de servir para empezar a contar.


Y entre todas ellas permanece una vieja marmita de aluminio con un nombre italiano cuidadosamente grabado sobre el metal. Una pieza humilde que recuerda que ninguna guerra está hecha de cifras, estrategias o partes militares. Todas están hechas de personas concretas. De hombres que un día comieron en aquel recipiente, caminaron con él colgado del cinturón, sintieron miedo, tuvieron esperanza... y desaparecieron.


Los objetos, en cambio, a veces se quedan.


Esperan en silencio a que alguien vuelva a preguntar por ellos.


Y entonces, contra todo pronóstico, la historia vuelve a respirar.



Ismael Gallego Puchol








domingo, 31 de diciembre de 2023

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